«El libro de imágenes», de Jean-Luc Godard

«Yo no hago películas, hago cine» es la idea expresada por Jean-Luc Godard cuando se le cuestiona por su quehacer artístico ―y que puede apreciarse a lo largo de toda su trayectoria―. No hace falta señalar las innovaciones técnicas que aportó, como el tratamiento del raccord o los movimientos sin trípode, por poner dos ejemplos. Tampoco puede subsumirse bajo una mera categorización de sus distintas etapas cinematográficas. No es solo un personaje clave dentro de la nouvelle vague, o alguien que se le aleja del cine narrativo y pasa a hacer un cine de corte político (que no meramente panfletario); ni tan siquiera un experimentador a nivel visual, estético y técnico. Tampoco puede decirse, haciendo epojé, que es el autor de obras como A bout de soufflé, Vivre sa vie, Un film comme les autres, Sauve qui peut (la vie), Le mépris, Tout va bien… Su posición va más allá. Godard planea sobre cine, lo venera y lo violenta, lo cuida y lo agita.

En su última obra, El libro de imágenes (Palma de Oro Especial en el pasado Festival de Cannes), sigue esa vía abierta con la monumental Histoire(s) du cinéma (1988-1998), y, quizás, con una cierta continuidad con Ici et ailleurs (1976). (Texto completo en Cuatro Ojos Magacín)

‘Veinticuatro fotogramas por segundo’, un relato en Espacio Ulises.

La televisión de los sábados a la mañana es una basura, así que cuando Elena se hubo levantado de la cama vino a ver qué estaba viendo. 
– Nada- respondí.
Así que se sentó a mi lado y empezó a tocarme un brazo. No pude resistirme y a los pocos minutos estábamos en la habitación haciendo el amor. Después de ducharnos, desayunamos y pensamos en qué podríamos hacer a la tarde.
– Hace sol. Podemos dar una vuelta- propuse.
– Sí. O podemos ir a ver el festival de cortos que empezó el jueves.
Ante mi evidente falta de originalidad, acepté y esa misma tarde, fuimos hasta el teatro principal para coger los pases y ver la programación. Se dividía en varios actos con cinco y seis cortos cada uno, a razón de varios días. Casi todos los rodajes eran nacionales, a excepción de tres: uno lituano, otro marroquí y un francés, y que estaban intercalados en los actos. Decidimos asistir a los dos pases de la tarde. Coincidía que los filmes extranjeros era ese mismo sábado. En total, como digo, vimos nueve cortos. Entramos a las cinco de la tarde y salimos a las seis y media después del primer pase. Luego entramos a las siete y salimos cerca de las nueve. Entre cada cortometraje había un pequeño descanso. (Continuar leyendo en Espacio Ulises)