‘Las infamias de un vizconde y otros cuentos de Buen Humor’, de Enrique Jardiel Poncela

Las vacaciones, ya se sabe, se presentan como espacios para los reencuentros y para los olvidos. En mi caso, hace unas semanas recibí la visita de un antiguo amigo que lleva años fuera del país. Cuando supe que volvía, me llevé una grata alegría y, en cuanto pudimos, concertamos una cita delante de un café. La primera impresión que tuve de él en un comienzo fue la lógica después de no ver a alguien durante tiempo, pero luego, en sus gestos y en sus actos, era fácil comprobar que aquellos cambios físicos no habían significado ningún tipo de cambio sustancial.

En el devenir de la conversación ocurrió que el tiempo que había transcurrido desde su marcha hasta ese día sí había modificado las cosas, hasta llegar al punto de que las palabras se entrecortaban con silencios excesivamente largos. Ambos nos dimos cuenta y, al final, optamos por la situación más sencilla: recurrir a hechos del pasado como puntos geográficos para justificar el café que estábamos tomando. Las anécdotas las sabíamos de memoria, pero ambos fingíamos un renovado interés en las banalidades de nuestro pasado común. La única estampa novedosa fue un recuerdo suyo poco interesante pero muy significativo para ver que no sabíamos bien qué hacíamos allí.

Me contó que, hace unos años, cuando ambos habíamos terminado la universidad, él empezó a trabajar en una oficina de una empresa de reparto; un trabajo cuya esencia reside en el traslado de paquetes. (Texto completo en Cuatro Ojos Magacín)