‘Glanbeigh’ de Colin Barrett

En un viaje reciente que he hecho en coche, tuve que atravesar gran parte de la península, y, claro está, en trayectos largos da tiempo a escuchar distintos cedés varias veces, donde la repetición es lo que marca el sentido de los kilómetros.

A lo largo del trayecto realicé varias paradas en áreas de servicio, esos espacios que son una especie de no-lugar porque parecen no pertenecer a ninguna parte, y en donde todo el mundo es una especie de fantasma que reafirma su identidad con la matrícula de su coche. A mi modo de ver, lo más interesante de las carreteras son los arcenes, un metro y medio de polvo, gravilla y desperdicios de todo tipo, que justamente se caracterizan por ser exactamente eso: desperdicios, ahí, tirados, expuestos, que pierden su identidad y dejan de ser botellas, tapones, mecheros, y se mueven en un territorio difuso entre ser cosas o basura.

De esta forma podrían entenderse los personajes del escritor canadiense de nacimiento pero irlandés de adopción Colin Barrett (1982). Con Glanbeigh, ha recibido varios premios, como el Guardian First Book Award. (Texto completo en Cuatro Ojos Magacín)

‘Nubes pasajeras’: una calada más en la secuencia

A lo largo de mi existencia he vivido en tres ciudades distintas. Cada una tenía un peculiar estilo, aunque es cierto que no podría colocar a ninguna por encima de otra. A pesar de residir en distintas etapas de mi vida y, por tanto, con distintas preocupaciones, siempre he repetido las mismas costumbres en cada una de ellas, aunque en alguna fuese más complicado realizarlas que en otras. Una de ellas era la de realizar la ida de un trayecto en autobús y la vuelta a pie. Una de esas absurdas manías que permiten conocer más en profundidad el sentido de las ciudades. Ver en los mismos trayectos a las mismas personas: el dependiente que siempre sacaba las cajas a la misma hora con expresión inconfundible; el taxista que estaba recostado en el asiento del coche que yo imaginaba escuchando la radio o tramando un plan para acabar con alguien, o la mujer de recepción de un hotel de mediana edad que siempre fumaba apoyada a la derecha de la columna. Paso a paso, los días corrían y nuestras vidas, en paralelo, se cruzaban, haciendo de las ciudades esos espacios de microhistorias que forman un gran rizoma. Nunca supe sus nombres ni de sus intereses, tan solo había una comunicación visual, una alteridad poco levinasiana, a decir verdad. Aunque siempre pensaba, con poca modestia, en que alguien nos podría estar filmando por separado y así construir películas con nuestras vidas, al estilo de las de Aki Kaurismäki. (Artículo completo en Drugstore Magazine)